La luz se colaba entre las delgadas líneas de la veneciana, lo suficiente como para molestar el sueño de ella, y acariciar la espalda de él. Era gracioso pensar en cuántas cosas parecía últimamente que seguían el mismo patrón: el de importunar a una y agradar al otro.
No quería abrir los ojos, pero sabía que ya no podía dormir más, así que se mentalizó para el choque frontal que sufrirían sus cansadas pupilas, y se encontró de frente con él, respirando pausadamente, con una cadencia que mostraba que estaba completamente dormido.
Ella lo miró, muy de cerca. Lo miró como lo llevaba mirando desde hacía años, o quizás, de una manera totalmente distinta. Se conocían desde hacía tanto... aunque no así, no a diez centímetros; y observando su cara, recorriendo sus facciones, se dio cuenta de que, en realidad, apenas se conocían.
Desde que habían cambiado el rumbo, desde que aquella amistad se había convertido en algo más, las diferencias se habían acentuado mucho, como sin querer, como si alguien les estuviera intentando decir que se frenaran, que recularan, que volvieran al bastión seguro del amor platónico.
Él no era tan maravilloso, ni ella tan perfecta. A cada paso se encontraban boquetes, charcos, y cada poco, después de una mala contestación, de una despedida gris, de un deseo que no se cumplía, el fantasma de la duda le susurraba al oído que aquel no era su príncipe, que tenía que seguir buscando, que si se conformaba, el verdadero pasaría de largo, y ella ni se daría cuenta, por tener sólo ojos para aquel que ahora tenía delante.
Y aún así, siguió mirándole, y empezó a ver otras cosas. Empezó a recordar todos los pequeños gestos que hacían olvidar semanas de dudas; empezó a sentir ese cosquilleo que aún volvía en el momento justo antes de darle un beso, empezó a sonreír al ver cómo se movía el vello de su pecho, sólo por la suave brisa que salía de sus respiraciones entremezcladas. Y sintió el calor de la mano que reposaba en su cintura, y la paz que la envolvía cuando estaba entre sus brazos.
Y volvió a cerrar los ojos, y cogió aire, y lo soltó en un suspiro, y notó como él la agarraba con más fuerza, apenas perceptible, y cuando abrió los ojos, se encontró con los de él, mirándola, así, de aquella manera, imposible de leer, pero que decía más que mil palabras.
-Buenos días...
9.06.2008
1.12.2008
Cielos de Londres
Cuando bajó del avión lo supo: supo que aquel escalofrío que le había recorrido el cuerpo, esa humedad que se estaba asentando en cada uno de sus huesos, no desaparecería hasta que volviese a casa.
Por delante se extendía el largo pasillo, largo como los meses que tendría que estar allí, en un mundo que por ahora era extraño, pero que pronto se convertiría, quizás a su pesar, en el suyo propio.
Volvió la cabeza, y vio todo lo que dejaba atrás: vio los cielos azules, los blancos edificios donde el sol se reflejaba, vio el coche rojo, destartalado, la cama deshecha, la luz encendida... pero sobre todo, vio a su gente, a aquellos que en tres años, o quizás en 15 días, se habían hecho un hueco en su vida. Pensó en la extraña situación que dejaba, en esos ojos marrones, quién supiera a quién pertenecían, en lo que había pasado sólo dos días antes, en su extraña manía de huir cada vez que su vida se ponía interesante.
Y miró hacia delante, y solo se encontró un estúpido pasillo, de plástico desgastado, decadente, con moqueta gris plagada de manchas de humedad por la que corrían a toda velocidad los demás pasajeros, tirando de sus maletas de mano, como si hubiese realmente una meta a la que llegar antes que el resto.
Respira, ya queda menos
Por delante se extendía el largo pasillo, largo como los meses que tendría que estar allí, en un mundo que por ahora era extraño, pero que pronto se convertiría, quizás a su pesar, en el suyo propio.
Volvió la cabeza, y vio todo lo que dejaba atrás: vio los cielos azules, los blancos edificios donde el sol se reflejaba, vio el coche rojo, destartalado, la cama deshecha, la luz encendida... pero sobre todo, vio a su gente, a aquellos que en tres años, o quizás en 15 días, se habían hecho un hueco en su vida. Pensó en la extraña situación que dejaba, en esos ojos marrones, quién supiera a quién pertenecían, en lo que había pasado sólo dos días antes, en su extraña manía de huir cada vez que su vida se ponía interesante.
Y miró hacia delante, y solo se encontró un estúpido pasillo, de plástico desgastado, decadente, con moqueta gris plagada de manchas de humedad por la que corrían a toda velocidad los demás pasajeros, tirando de sus maletas de mano, como si hubiese realmente una meta a la que llegar antes que el resto.
Respira, ya queda menos
11.12.2006
La escalera hasta la ventana
Para aquellos incautos a los que la providencia os ha acercado hasta este rinconcito del universo, bienvenidos.
No nos conocemos, no sabemos nada los unos de los otros, pero sinceramente, eso no me importa. No importa que no sepa quienes sois, si es que sois alguien, y no importa que vosotros no sepais nada de mí, porque para lo que nos ha traído hasta aquí, no hace falta.
Éste será, a partir de ahora, un mundo distinto, un mundo de sueños, de retazos de realidad que nunca existió, de acciones que no tuvieron lugar, y que nacerán y morirán limitadas por la acongojante claustrofobia de las palabras.
Así que a vosotros, viajeros de estos oscuros mares de cuadernos de bitácora, a vosotros os dedico todo lo que salga de mi pluma, para que lo pateéis, lo critiquéis, lo desterréis al desierto de la indiferencia, o por el contrario lo elevéis a las puertas del Olimpo.
Subid por la escalera, no tengáis miedo de lo que os vais a encontrar al traspasar el alféizar de la ventana
No nos conocemos, no sabemos nada los unos de los otros, pero sinceramente, eso no me importa. No importa que no sepa quienes sois, si es que sois alguien, y no importa que vosotros no sepais nada de mí, porque para lo que nos ha traído hasta aquí, no hace falta.
Éste será, a partir de ahora, un mundo distinto, un mundo de sueños, de retazos de realidad que nunca existió, de acciones que no tuvieron lugar, y que nacerán y morirán limitadas por la acongojante claustrofobia de las palabras.
Así que a vosotros, viajeros de estos oscuros mares de cuadernos de bitácora, a vosotros os dedico todo lo que salga de mi pluma, para que lo pateéis, lo critiquéis, lo desterréis al desierto de la indiferencia, o por el contrario lo elevéis a las puertas del Olimpo.
Subid por la escalera, no tengáis miedo de lo que os vais a encontrar al traspasar el alféizar de la ventana
Suscribirse a:
Entradas (Atom)