11.10.2008

Sesión continua

Tenía la mano apoyada en el reposabrazos. No era casual, siempre lo hacía así, esperando con impaciencia el momento en que él se atreviese a apresársela, a oscuras, como todo lo que pasaba en aquella sala anónima. Era un gesto que aún esperaba con mariposas en el estómago, por absurdo que pareciese, un gesto que siempre había significado mucho más de lo que él pensaba.
Recordaba muy bien la primera vez que le había cogido la mano a tientas, en una sala oscura. Aquella época mucho más inocente que la actual, en la que, como mucho, en dos horas llegarían, si había agallas, a entrelazar los dedos un par de veces, y en la cual, cada vez que las manos se separaban por cualquier estúpida razón, tan estúpida como un puñado de palomitas, volvía a empezar de cero la ardua tarea de recuperar el valor de tocarse.
Era extrañamente reconfortante el saber que aún tenían momentos así; que por mucho que hubieran evolucionado, por bien que conocieran ahora cada una de las curvas del cuerpo del otro, seguían titubeando a la hora de cogerse de la mano en el cine, y a la vez, era igual de reconfortante, o debiera decir, excitante, la absoluta convicción de que todo lo que ocurriera en dos horas a oscuras, no haría más que aumentar aquella impetuosa necesidad de ir un paso, o una maratón, más allá.
“Al cine se va a ver la película”. Era su frase comodín, la que le gustaba repetirse a sí misma, incluso cuando aquel pequeño demonio que parecía acompañarles siempre, le ganaba en dialéctica al ángel. Pero no iba a negar que era complicado. Que era extremadamente difícil concentrarse en cualquier tipo de guión lógico, en la sucesión de fotogramas de alta calidad, cuando aquella mano, sin soltar la suya, se acercaba para colocarse, inocentemente, sobre su muslo.
Inocentemente… sí, ya, claro. A la mierda la película. Seguro que se estaba riendo; el muy cabrón seguro que tenía esa estúpida sonrisa en la cara… y es que sabía que la tenía a su merced, sabía que la tortura no había hecho más que empezar.
Intentó mantener la mirada fija, por todos los medios, se obligó a seguir el guión, que ya se estaba haciendo extremadamente largo, mientras notaba cómo aquellas manos entrelazadas empezaban a trazar círculos apenas perceptibles que se acercaban peligrosamente a zonas prohibidas en un lugar público y en su fachada de castidad y pureza.
Se soltó, intentó que por lo menos su propia mano guardara la compostura adecuada. La devolvió al apoyabrazos, lo más inocentemente que pudo. Y en cuanto lo hizo, lo oyó, era imposible negarlo, había sido una carcajada ahogada, una risa imperceptible, que demostraba que él ya sabía que la tenía a su merced. En ese momento lo odió, y al mismo tiempo, no pudo frenar la ola de calor que le recorrió todo el cuerpo… ¿es que esa película no se iba a acabar nunca?
Pura y dulce tortura. No había otro nombre. Se inclinó hacia él, y en un susurro, su propia voz le sonó extraña, profunda, más entrecortada de lo que ella creía. “Eres… un… cabrón” Y esta vez él sonrió a sus anchas, la miró, y le demostró, con un simple gesto escondido en la oscuridad de la sala, que sí, lo era, y además, se sentía orgulloso de ello.
A la mierda, le daba igual, recordó en un segundo todas las imágenes de su infancia en el cine, en las que se había preguntado cómo la gente podía pagar por algo que no estaba viendo, y borró los cinco centímetros que separaban sus labios. Lo besó, demostrándole en un solo beso lo ¿enfadada? que estaba… enfadada… sí, claro, era exactamente lo que le estaba demostrando…
Y los papeles se cambiaron, y ella sonrió para sus adentros, recuperando la compostura, y el poder, todo al mismo tiempo… menos mal que la sabia naturaleza, por alguna razón, le había otorgado a la mujer una capacidad innata para besar. Él se deshacía, como hacía pocos minutos que lo hacía ella. Y en cuanto notó cómo la mano furtiva subía, la agarró, colocándola en el apoyabrazos, y volviéndose hacia la pantalla, la retuvo allí, prisionera.
Quizás fueron diez segundos los que tardó él en darse cuenta de que había perdido la batalla, los que tardó en relajarse, y en soltar la presión, en dejar de intentar zafarse. Diez segundos tras los cuales ella, ladeando la cabeza, acercándose, pero sin dejar de mirar la pantalla, le susurró… “Al cine se viene a ver la película”

5 comentarios:

Joey dijo...

Todo para tí Annita, que aunque no sea POOOORNO, seguro que me lo aceptas igual :P

Anónimo dijo...

Cierto, al cine se va a ver la película... pero ¿sabes? A veces vale la pena pagar por algo que lleva en cartelera un tiempo, a horas poco frecuentadas, en buena compañía...

(Eso SÍ que es PORNOOOOOOO XDDD)

PD: Pero no. Lo tuyo es PRE-porno xD

El Zorrocloco dijo...

Eso de la capacidad innata para besar... Discrepo XDD

Por cierto, Ana, ya me dirás quién es esa buena compañía, porque las dos veces que hemos ido al cine hemos visto la película ¬¬

El Zorrocloco dijo...

Recordaba muy bien la primera vez que le había cogido la mano a tientas, en una sala oscura. Aquella época mucho más inocente que la actual, en la que, como mucho, en dos horas llegarían, si había agallas, a entrelazar los dedos un par de veces, y en la cual, cada vez que las manos se separaban por cualquier estúpida razón, tan estúpida como un puñado de palomitas, volvía a empezar de cero la ardua tarea de recuperar el valor de tocarse.

Oooooooooooh...! :)

P.D.- Sobre todo, mucho más inocente que la actual XDD

Any dijo...

Ole... Me había perdido este lugar. Y lo he encontrado en una buena hora para mí, mala para los textos. No los he leído con la atención que debiera...

Ya los releeré. Pero me gustan. Todos, sin excepción... Eres un pequeña maravilla con mucho talento, ¿lo sabes?

Besos, cielo.