1.19.2009

Del baúl de los recuerdos....

La miré, y no fui capaz de desviar mis ojos de los suyos. Como si de golpe todo el daño que nos habíamos hecho, hubiese desaparecido, volví a verla como antes, como hacía mucho tiempo que no la miraba... quizás demasiado.
Su pelo negro le caía revoltoso por delante de la frente. Nunca había sido capaz de recogérselo como es debido, y, no sé por qué, pero incluso me gustaba; formaba parte de su realidad.
Se colocó un mechón detrás de la oreja; qué gesto tan femenino... para ella; pero no levantó la mirada. Sus ojos, aquellos que me habían cautivado desde el primer día, escrutaban el suelo como para encontrar las palabras tiempo atrás perdidas. Pero ya era tarde.
Quería mirarla una vez más, recordar el rostro que había sido protagonista de mis sueños y pesadillas tantos y tantos meses; volver a recorrer con la vista sus sencillos rasgos, sus deliciosos labios; sus deliciosos labios... aquel dulce que se me había dejado probar, y que luego se me había arrancado sin pedir permiso, ni siquiera una segunda oportunidad. Los mismos labios que aparecían encendidos en mis noches de recuerdos, a pesar de que nunca los había llegado a ver en realidad.
Anunciaron el vuelo, y por fin se atrevió a levantar la mirada. Estaba llorando, no podía ser cierto, no era justo que se pusiera a llorar, ahora no.
Pero allí estaban esos ojos, simples, profundos, tan llenos de matices, pensamientos, palabras..., y ahora un tímido velo los cubría.
¿Por qué lloraba? ¿Acaso le importaba tanto? No creía en esas lágrimas, no me parecían sinceras. Y si lo eran, ¿por qué había esperado tanto? ¿Por qué era ahora, cuando estábamos a punto de despedirnos para siempre, cuando era capaz de llorar por mí? ¿No era yo quien no lloraba, quien guardaba las lágrimas para una ocasión especial?
Maldita. De ella era la culpa de mis últimas y únicas lágrimas. Era la única que verdaderamente me había herido.
Sí, mi corazón había muerto, ella lo había apuñalado hasta el final y ya nadie podría hacerlo latir de nuevo; pero aún así no era justo que llorara ahora.
No sabía si lloraba de rabia, de tristeza, de arrepentimiento... y nunca lo sabría. Éste era el día, el momento y el lugar; pero como siempre, lo dejaríamos pasar, y, por lo menos yo, me arrepentiría de ello, como siempre, como cada vez que pude decirle algo y no se lo dije, como cada vez que el silencio nos separaba más y más, como cada día a lo largo de este, apenas año y medio.
Me tenía que marchar, mi vida me esperaba, pero ella se quedaba atrás, y ella también era mi vida.
Nos abrazamos, un gesto tan nuestro, que ya no se volvería a repetir, y me estrechó entre sus brazos como no queriendo dejarme marchar. Hipócrita, me abría los brazos que me habían estado prohibidos tanto tiempo... pero no importaba, ya no.
La solté sin compasión, ella seguía llorando, pero no le hice caso; la coraza que me había enseñado a forjar alrededor del corazón estaba cumpliendo su función.
Me di la vuelta y me alejé; me alejé de mi vida, de mi mundo; me alejé de mis padres, del instituto, de todos mis amigos, pero sobre todo, me alejé de ella. Escapé de su rostro, de sus manos y sus ojos; escapé de la persona que más daño me había hecho, pero también de la que me había hecho más feliz.

5 comentarios:

LuiceG dijo...

Precioso, sin más.

Anónimo dijo...

Jo, qué potito y que triste al mismo tiempo. ¿Por qué le pasan cosas tan malas al pobre chico? ¿Por qué se parece tanto tanto tanto a la puñetera realidad? :(

PD: Así que a 'esto' te referías con tu YO masculino... XD

BeN-HuR dijo...

Increible, me encanta tu blog.

Enhorabuena.

Un saludo desde Cantabria

krilin dijo...

Sencillamente genial!

Any dijo...

...

No me gustan los ligeros cambios.

No diré más.