7.05.2009

Despedidas

Tu respiración en una cadencia perfecta, tu inmovilidad aparente, así, tumbado boca abajo sobre las sábanas que acabamos de arrugar despierta mis sentidos. Te miro desde lo alto, como una madre que mira a un hijo, como un ídolo que mira a un siervo, o mejor, como una diosa desde el Olimpo que se encapricha con un mortal, y al que secuestra como propio.

Porque nunca me siento como una diosa; sólo tú, sólo tus manos, tu boca, tus caricias, son capaces conseguirlo.
Lo que siento cada vez que me miras, lo que me recorre el cuerpo cada vez que me tocas, es poder, porque no puede haber nada tan fuerte, nada que arranque de mí lo que tú arrancas, que no sea puro poder.

No puedo dejar de tocarte. Cuando estamos así, incluso ahora, los dos cansados, intentando recuperar el aliento tras un arrebato impulsivo que llevamos planeando toda la noche, necesito sentir tu piel ardiendo, y no me contengo al recorrer tu espalda, tus brazos, tus muslos, inocente y sensual al mismo tiempo, dejando a la vez que sigas inmóvil, pero recordando con persistencia mi presencia. Me siento feliz. No puede ser ésto más que pura felicidad, y como sé que no me miras, sonrío, sin dejar que de mi garganta salga ni un sonido. Siempre cuidadosa, siempre escondiendo esa parte que no quiero mostrar.
Y sigo recorriéndote, y aprovecho para recordar, memoria a corto plazo, y me resulta estúpidamente ruborizante pensar en los eventos de hace apenas unos minutos. Pero me vuelve a inundar el calor, la pasión, el poder que nunca tengo, el engaño que lo que consigue es que me atreva. Y me atrevo.

Sé dónde girar, dónde presionar, dónde ir más despacio, y dónde más deprisa, y conseguir que te des la vuelta es mi único objetivo. Cuando te mueves, en el segundo que tardas en girarte y rodearme con tus brazos, en apresarme y taparme la visión, en voltearnos, en volver a ser el que domina, en demostrarme, aunque los dos sepamos que no es verdad, quién está provocando a quién, en ese segundo todo se borra, todos los minutos en los que pienso demasiado, todos los que me obligan a ser más racional de lo que quiero ser contigo, todos los peros que he decidido esconder en una caja fuerte, para no pensar en ellos, todo... todo se borra, y en ese momento, sólo existes tú.

1 comentario:

JL Martínez Hens dijo...

Muy buen texto. A los hombres casados no nos dejan escribir esas cosas pero viene bien recordar que eso existe. Ha sido un placer!!!